La Creciente. Silvina Bullrich.
$210.00
Sin existencias
La Ciudad estaba construida al borde de un río, pero no era un río compañero a cuyas orillas podían pasear los habitantes, que se enlazara entre muelles acogedores, bajo puentes con nombres memorables, uno de esos ríos que basta mencionar para situar inmediatamente a la ciudad que es casi su sinónimo: el Sena, el Tíber, el Támesis, el Gualdalquivir, el Moscova. Era un río independiente de la ciudad como una tajada acuática agregada a ella, un río que los hombres no debían atravesar para ir de un punto al otro de la urbe, que no se imponía a sus miradas y en el que no pensaban casi nunca, pues pasaban semanas y hasta meses sin verlo. Sólo iban hacia él en el verano, pero para eso era necesario alejarse bastante de La Ciudad.





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